Por César Custodio
Uno de los atributos de Dios es su inmutabilidad, esto es, que su carácter no cambia, sus juicios no cambian y sus promesas no cambian; todas ellas han permanecido y permanecerán por toda la eternidad de la misma manera. Cuánto alivio para nuestras vidas puede causar el saber que fuimos alcanzados por un Dios que permanece para siempre, quien en su inmensa misericordia nos alcanzó para sí mismo.
El Catecismo menor de Westminster dice que “Dios es un Espíritu, infinito, eterno e inmutable en su ser, sabiduría, poder, santidad, bondad, justicia y verdad”. Esta verdad absoluta valida lo que encontramos en todas las Escrituras y nos ayuda para apreciar el regalo inmerecido que nuestro buen Dios nos da a través del sacrificio de su hijo Jesucristo.
La gracia, es un tema que encontramos en toda la Biblia. Es un tema constante desde Génesis y que tiene su punto culminante con la venida de Cristo, el Mesías. Este Mesías prometido, el cual desde la caída en el jardín del Edén provee un camino de salvación eterna para aquellos que respondemos a su llamado, es quien triunfó y nos da una relación con Dios por toda la eternidad. Hoy tenemos “(…) un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:5).
La gracia significa que Dios nos escoge para bendecirnos en lugar de maldecirnos, a pesar de que nuestro pecado merece con creces esto último. Esta es su bondad para con los indignos, bondad que se consuma en la obra hecha en la cruz por su hijo Jesús, sacrificio que el apóstol Pedro resume como uno en el que se entrega “el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18). ¡Qué glorioso e inmerecido intercambio!
Cuánto beneficio y gozo incomparable podemos encontrar en estas fechas al meditar en el significado del nacimiento del Mesías. Es incomprensible que el Dios glorioso del cielo, creador de todo lo que existe, quien trae lo inexistente a existencia con el poder de su Palabra, se hiciera carne y habitara entre nosotros. Pudiendo haber ofrecido un camino de salvación diferente, decidió, sin importarle dejar su forma de Dios, despojarse de sí mismo y hacer su tabernáculo entre nosotros.
Encontramos gozo al reconocer que no hay más grande regalo que la obediencia de Cristo, que no hay “arbolito” que pueda contener un presente como este, y que nuestra seguridad se encontrará por siempre en que Él, “al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!” (Filipenses 2:8).
Toda la obra depende de Cristo, todo el sacrificio depende de Cristo y toda la gracia de Dios fue dada a Cristo para que nosotros creamos en ella. Efesios 2:8 dice: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros”. La única manera que cualquiera de nosotros pueda entrar en una relación con Dios, es por causa de su gracia hacia nosotros a través de su Hijo.
Esa gracia para salvación, es la que nos brinda el perdón de pecados, nos permite vivir una vida abundante y nos da la esperanza de pasar una eternidad exaltando su nombre. Estamos seguros de ello, porque es así como el mismo Salvador lo dijo: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10).
Es esta gracia la que nos permite vivir una vida confiada, sabiendo que Cristo es nuestro pronto auxilio y descanso. Hebreos 4:16 declara, “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.”
Esta Navidad es necesario que, en medio de la locura por las compras, en medio de personajes tal vez tiernos pero inconsistentes, en medio de una sociedad consumista; donde padres consuelan a hijos por medio del materialismo, donde el regalo físico es el estándar y la prueba del verdadero amor, podamos nosotros ser quienes a viva voz declaren, tal como el profeta Isaías, “El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos” (Isaías 9:2).
El mundo no conoce esa luz, pero nosotros sí. Cristo es esa luz, esa luz que no vino de este mundo, esa luz es la que vino a este mundo de oscuridad; y es eso lo que nos demuestra que la luz no está en nosotros, no está en nuestros esfuerzos, no está en nuestros méritos, no está en cuántos regalos “Santa Claus” responde; sino que se encuentra fuera de este mundo, pero a pesar de esa trágica distancia y diferencia, esa luz habitó entre nosotros.
Ese es el mensaje de la Navidad, ese es el mensaje del evangelio. Hay gracia esta Navidad, y habrá gracia para todos aquellos a quienes, en aquel día, se les dirá “buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.” (Mateo 25:23).
No ha habido milagro más grande que lo que comenzó en un humilde pesebre, pero no habrá otro más glorioso que aquel que vuelva a tener a ese “bebé” como protagonista de vuelta en gloria, cuyo resplandor, ni el más elegante de los lugares podrá contener.
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